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Elegido del editor

Compasión por el médico

En Ante Todo no Hagas Daño, el neurocirujano inglés Henry Marsh logra que nos pongamos por un momento «en la bata del doctor». Y así vestidos, alegrarnos y sufrir por sus logros o fracasos.

Este libro no es sobre «el paciente inglés», como la película, sino sobre «el cirujano inglés». The English Surgeon fue un premiado documental sobre Henry Marsh, autoridad indiscutida de la neurocirugía en Gran Bretaña quien -antes de retirarse y colgar la mascarilla-, escribió un libro convertido en bestseller.
Ante todo no hagas daño no es exactamente una autobiografía. Tampoco un relato de casos clínicos adornado con las reflexiones propias de una sala de espera en una consulta.

Henry Marsh en su jardín, como apicultor. Crédito foto: henrymarshdonoharm

Más bien, sus páginas son un ejercicio de humildad acerca de los límites de la profesión médica desde la perspectiva privilegiada de una especialidad siempre al borde del precipicio: en los ojos de un neurocirujano está la oportunidad de observar cómo regresa el espectáculo de la vida -si el paciente, por ejemplo, recupera la visión-, o de ser testigo del abismo cuando una maniobra deja a un joven sin volver a caminar.

Gracias a su franqueza, Marsh provoca en los lectores algo a lo que no estamos acostumbrados. Me refiero a sentir empatía por quienes ejercen el oficio de la medicina y, como anotó el doctor francés René Leriche, «llevan en su interior un pequeño cementerio al que acuden a rezar de vez en cuando; un lugar lleno de amargura y pesar, en el que deben buscar explicación a sus fracasos.»

Estoy viendo en el centro mismo del cerebro, una zona secreta y misteriosa donde se encuentran las funciones más vitales que nos mantienen conscientes y vivos.»

Henry Marsh

De esta forma originalísima el libro nos invita a reflexionar sobre la compasión. Y si lo logra, es por la forma honesta en la que su autor habla de sus éxitos y, sobre todo, de sus errores. Algo no muy común de observar entre profesionales autorizados a ‘profanar’ ese último santuario del cuerpo que representa el cerebro para la medicina moderna.
En Ante todo no hagas daño -frase usualmente atribuida a Hipócrates y que muestra la humildad con que los antiguos asumían su oficio- encontramos pasajes poéticos en lugares tan improbables como pueden ser las profundidades de un cráneo humano: «Estoy viendo en el centro mismo del cerebro, una zona secreta y misteriosa donde se encuentran las funciones más vitales que nos mantienen conscientes y vivos. Encima, como si fueran los grandes arcos de la bóveda de una catedral, tengo las venas profundas del encéfalo …», describe en el capítulo titulado Pineocitoma.

También hay reflexiones sobre su propia muerte o la de su madre, donde intenta conciliar (sin demasiado éxito, por lo demás) la reconfortante fe de su progenitora con su escepticismo de científico: «Y ahora, todas esas células cerebrales han muerto y, mi madre, que en cierto sentido consistía en la compleja interacción electroquímica de todos esos millones de neuronas, ya no existe. En neurociencia eso se llama ‘el problema de la integración’, el hecho extraordinario de que nadie es capaz de explicar, cómo de la mera materia bruta pueda surgir la conciencia o la sensación.»
Con una crudeza que a ratos descoloca y esa humildad que, quizá, viene de sus años como enfermero ocupado en atender a los ancianos, Marsh nos hace por un momento vestir la bata de los médicos, y alegrarnos y sufrir por el curso que a veces decide tomar la vida y la muerte en un pabellón quirúrgico.

Entonces por fin entendemos que eso que llamamos “control de la situación” es, en la inmensa mayoría de las veces, sólo un tipo diferente de alucinación, muy propia de los seres humanos.

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